sábado, marzo 22, 2025

La Libertad de Expresión como Principio y Competencia Personal en un mundo digital

 

La Libertad de Expresión como Principio y Competencia Personal en un mundo digital

En un ambiente digital y globalizado como el que nos toca habitar, las libertades de expresión podrían alcanzar un estadio superior debido a las ingentes oportunidades de comunicación del pensamiento; pero a simple observación de las redes sociales apreciamos que en incontables ocasiones se confunden dichas libertades con expresar lo que se venga en gana e incluso ejercer diversos modos de violencia verbal o visual bajo la consigna de usar la facultad de expresarse casi de forma irrestricta.

La presente reflexión resultaría ser una aproximación para aportar a lo que se podría entenderse por libertad de expresión en los ámbitos digitales; en esta perspectiva consideramos que debía ser uno de los principios rectores de la convivencia en la sociedad virtual o real y al mismo tiempo sería una connotada habilidad para comunicar ideas, reflexiones o puntos de vista.

La Libertad de expresión como Principio:

Se entiende que un Principio, a su vez está constituido por una constelación de valores, los cuales requieren estar consensuados en las comunidades; puesto que un principio necesita poseer un alcance universal compartido, al menos en sus consideraciones medulares, para que el conglomerado humano pueda arribar a acuerdos de convivencia pacífica y creativa en la resolución de los innumerables problemas que aquejan a la humanidad desde hace siglos y que distan mucho de ser resueltos aún; a entender, la inequidad, la injusticia, la violencia y al abuso de poder como algunos notables nudos gordianos; en donde la libertad de expresar es la punta del ovillo. Sabemos que existen instituciones y actores sociales que se han encargado siempre de la represión de estas libertades en todos los tipos de regímenes de gobierno y sobre todo los totalitarios, hoy y en el pasado, por lo cual resulta harto complejo ejercitarse en esas habilidades, pues los diversos mecanismos represivos siempre encuentran modos regular el flujo de ideas.

Hoy en día las redes sociales ofrecen un ficticio lugar para la expresión libre, pero basta leer un poco para percibir que aún sobre un tema banal, se desatan torrentes de desacuerdos que con premura se convierten en insultos y luchas frontales en las pantallas digitales, lo cual puede desanimar la participación. Lo notable es que cada ciudadano tiene el potencial de convertirse en un inquisidor cuando se siente contrariado con alguna publicación; de tal forma no se necesitarían agentes sociales institucionalizados para ejercer controles, pues el sujeto digital fortalecido por un grado variable de anonimato se atreve a ejercitar la mirada petrificante sobre quien apetezca, ya sea por iniciativa personal o direccionado por agentes gubernamentales u otros que apuntan a desanimar corrientes de opinión, para éste cometido los perfiles falsos en las redes sociales se han convertido en un arma efectiva para conflictuar, amedrentar o desanimar la participación.

¿Por qué la libertad de expresión es un principio? Un principio es un punto de orientación para la ejercitación de una conducta que nos permita interactuar con otras personas a fines de construir un entorno que aporte a mejorar la calidad de vida social y personal. Las conductas erráticas de cualquier índole suelen desencadenar eventos caóticos y desestructurantes, por ello la conceptualización de las ideas que conforman un principio y su red de valores, son un grado superior de intelectualización necesaria para que las manifestaciones en libertad aporten al equilibrio social y al crecimiento personal. El ejercicio del libre pensamiento no siempre es correlativo a un determinado grado de formación académica, pues las personas más sencillas pueden incorporar en su estructura mental y personal una red de principios y valores bajo los cuales administrar su vida cotidiana y sus relaciones personales.

Un principio fundamental es la libre expresión, ya que de ella deriva la forma de ser en el mundo, la identidad de cada persona, la manifestación de su personalidad, los procesos de toma de decisiones, la defensa de sus derechos y la relación con su entorno.

La libertad de expresión está articulada con palabras, la construcción más colosal de nuestra especie: el lenguaje. La apropiación individual del entretejido de la lengua permite crear infinitas ramificaciones del pensamiento; tantas, que requieren de ser moduladas por la inteligencia para no perderse en las argumentaciones delirantes que no arriban a puerto alguno. Dicha administración del pensar debe asirse de algunos valores que darán forma a los contenidos y metas de los decires en libertad.

La libre manifestación de ideas por lo general necesita nutrirse del conocimiento o bien de la experiencia y sentido común, o de todo ello; éstos elementos son el contenido que permitirá armar un discurso coherente susceptible de ser comunicado sobre el tema de interés a debatir. Pero hasta el argumento más elaborado puede derrumbarse si no se lo somete a un tamiz conformado por algunos valores: la prudencia, el respeto empático, la responsabilidad y la honestidad.

La prudencia, decantará de la valoración del momento oportuno para manifestar nuestras reflexiones, asociación de ideas o conclusiones; es posible que en situaciones de emergencia haya la tentación de obrar de inmediato, mas recordemos que una acción imprudente en todos los casos complica aún más cualquier situación. En otras oportunidades se puede dañar a otros si no se sopesan las consecuencias y se siente como imperativo comunicar sin evaluar daños posibles. Será importante visualizar que las verbalizaciones deben aportar de forma constructiva, aunque existan disidencias en los argumentos, no se trata de oponerse por oponerse o de cuestionar para simplemente ejercer dominación con el discurso.

El respeto por los otros y a sus ideas, será siempre un buen inicio para cualquier consenso, la ejercitación del discurso puede ser de confrontación o de oposición, pero siempre sin perder de vista que cuando se trata de puntos de vista o de diferentes cosmovisiones, llevará tiempo acordar espacios comunes y de conciliación. El simple ataque o menosprecio de las comunicaciones de otras personas no aportan en nada a la evolución de comunidades más inteligentes socialmente, al contrario, siembran caos e involución del pensamiento humano.

La libre disertación en libertad demanda asumir de antemano la responsabilidad por lo que se intenta comunicar, el compromiso personal habrá de estar cimentado de antemano, ya que de ello depende la fortaleza de las alocuciones que sostienen un criterio elaborado en la factoría cognitiva del pensamiento. Pensar y hablar son las acciones del lenguaje, y sobre nuestras acciones se empodera la responsabilidad; hacerse cargo de lo dicho es tan importante como hacerse cargo de cualquier otra acción que tenga un impacto sobre algún destinatario.

En cuanto a la honestidad; es un valor que requiere ser direccionado hacia el interior de cada libre pensador, el punto de partida será el sujeto parlante, la crítica y valoración de las propias ideas y argumentos permitirá conformar un pensamiento honesto y de calidad antes de ser comunicado. La libertad de expresión implica tesoneros trabajos intelectuales para poder crear un fruto apetecible y útil para una supuesta audiencia. En los medios digitales y sus redes sociales existe una tergiversación de ésta libertad, pues podemos comprobar que la enorme mayoría de los actores pecan de un facilismo atrevido mediante el cual se expresan de forma cotidiana sobre cualquier tema o sobre la vida diaria, con un formato de espectáculo, esperando lograr la mayor audiencia y aprobación con escasos trabajos y desvelos. El esfuerzo intelectual pareciera estar proscrito en los medios digitales para la mayoría de las personas (salvo los académicos); la simplificación de la expresión verbal o escrita está plagada de errores, abreviaciones, simplificaciones y otros vicios del lenguaje, en total desvalorización de la palabra, como si ella no hubiera sido resultado de entre dos millones a cuatrocientos mil años de evolución del género humano; desvirtuando el factor de la lengua en la construcción social de la realidad que se inicia cuando los humanos comienzan a consensuar y articular los sonidos que nombrarán los elementos de su ambiente cotidiano, así como de sus acciones; proceso magistralmente relatado en el libro de Peter L. Berger y Thomas Luckman; La construcción social de la realidad.

Para nuestros fines la palabra es herramienta preciosa y de extraña complejidad; es un desafío para el pensamiento y la inteligencia, pues en la medida que podamos apropiarnos de las infinitas ramificaciones del lenguaje, podremos tener un discurso digno de compartir en los escenarios digitales.

Libertad de Expresión como Competencia Personal:

La habilidad para el ejercicio de la libertad de expresión, puede concebirse como competencia personal y estaría conformada por un conjunto de destrezas individuales, a denotarse a través de capacidades para comunicar el pensamiento de forma efectiva, ya que la liberalidad para expresarse contiene en sí misma la intención de generar corrientes de pensamiento que aporten a los procesos de mejoramiento de las relaciones entre los seres humanos, su entorno sociocultural y su hábitat.

Un primer indicador será la inteligencia emocional, a su vez compuesta de dos factores: la inteligencia intrapersonal y la interpersonal. La primera implica ser capaz de regular adecuadamente el flujo de emociones propias, de tal forma que la expresión verbal o escrita, si bien necesita poseer un tono emocional que otorgue poder e intensidad al discurso, debe cuidar de no agredir nunca o conflictuar acrecentando disidencias, además de hacer un buen uso del lenguaje.

La inteligencia intrapersonal radica en saber escuchar o leer de forma empática; la interpretación de lo que el otro dice a su vez permitirá hacer ajustes y encontrar espacios de acuerdo constructivo. Ambos aspectos visiblemente ausentes en los diálogos – chats, en los cuales se activa una reacción en cadena de comentarios y “argumentaciones” subidas de tono, en absoluto útiles o constructivas; en éste contexto se podría decir que se suele confundir la libertad de expresión con libertinaje. El debate o la argumentación pierde sentido en el momento que el discurso de convierte en una contienda entre personas y asuntos personales.

Un segundo indicador se relaciona con tener un mínimo conocimiento de causas y de saber acumulado, con el fin de poder armar un discurso coherente que pueda ser decodificado por el interlocutor; a la vez que debe ser lo más claro posible para que las ideas a comunicar puedan tener un impacto cognitivo en el escucha o lector; pues de eso se trata el poder comunicar en libertad; generar corrientes de opinión o saberes que puedan sostenerse en el tiempo de forma dinámica pero articulada como para poder hacer ajustes y mejoras sin perder su espíritu y visión de futuro.

Un tercer indicador será la inteligencia lingüística, la cual se refleja en el arte de utilizar el lenguaje para comunicar con propiedad y significado, así como para ejercitar la instalación de estrategias del pensamiento complejo, mediante el cual pueden establecerse conexiones y redes de razonamiento entre los diferentes universos de significado; de las ciencias, de la filosofía, de las artes, de la política, de los principios éticos, además de todo aquello que es derivado de las prácticas propias del conocimiento acumulado, a la par que de los usos y costumbres de las personas y las sociedades. Caso contrario nos enfrentaríamos a la denominada inteligencia ciega que describe E. Morín, la cual se enfoca solo en compartimientos aislados de la realidad, dificultando en demasía el crecimiento del pensamiento consensuado y la evolución del pensamiento inteligente que pudiera decantar en acciones también inteligentes, que aporten al bien común por encima del bien estar sectario de cualquier índole. “El pensamiento simple resuelve los problemas simples sin problemas de pensamiento. El pensamiento complejo no resuelve, en sí mismo, los problemas, pero constituye una ayuda para la estrategia que puede resolverlos” (Edgar Morin).

Por tanto, la interacción en las redes ofrece una invaluable oportunidad a la libertad de expresión; y para los integrantes de las sociedades se les presenta el desafío de ser sujetos de pensamiento y acción creativa, de forma tal de aportar constructivamente al bien común.

En todo caso será siempre preferible un exceso de comunicaciones libres, que un control o restricción opresiva de las libertades personales. Para los que se ocupan y trabajan en promover y cuidar que no se conculquen estos derechos, queda la tarea de orientar y ayudar a que estas facultades puedan expresarse y sean respetadas como una conquista de la humanidad.

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