La Libertad de
Expresión como Principio y Competencia Personal en un mundo digital
En un ambiente digital y
globalizado como el que nos toca habitar, las libertades de expresión podrían alcanzar
un estadio superior debido a las ingentes oportunidades de comunicación del pensamiento;
pero a simple observación de las redes sociales apreciamos que en incontables
ocasiones se confunden dichas libertades con expresar lo que se venga en gana e
incluso ejercer diversos modos de violencia verbal o visual bajo la consigna de
usar la facultad de expresarse casi de forma irrestricta.
La presente reflexión resultaría
ser una aproximación para aportar a lo que se podría entenderse por libertad de
expresión en los ámbitos digitales; en esta perspectiva consideramos que debía ser
uno de los principios rectores de la convivencia en la sociedad virtual o real y
al mismo tiempo sería una connotada habilidad para comunicar ideas, reflexiones
o puntos de vista.
La Libertad de expresión como Principio:
Se entiende que un Principio, a
su vez está constituido por una constelación de valores, los cuales requieren
estar consensuados en las comunidades; puesto que un principio necesita poseer
un alcance universal compartido, al menos en sus consideraciones medulares,
para que el conglomerado humano pueda arribar a acuerdos de convivencia
pacífica y creativa en la resolución de los innumerables problemas que aquejan
a la humanidad desde hace siglos y que distan mucho de ser resueltos aún; a entender,
la inequidad, la injusticia, la violencia y al abuso de poder como algunos
notables nudos gordianos; en donde la libertad de expresar es la punta del
ovillo. Sabemos que existen instituciones y actores sociales que se han
encargado siempre de la represión de estas libertades en todos los tipos de
regímenes de gobierno y sobre todo los totalitarios, hoy y en el pasado, por lo
cual resulta harto complejo ejercitarse en esas habilidades, pues los diversos
mecanismos represivos siempre encuentran modos regular el flujo de ideas.
Hoy en día las redes sociales
ofrecen un ficticio lugar para la expresión libre, pero basta leer un poco para
percibir que aún sobre un tema banal, se desatan torrentes de desacuerdos que
con premura se convierten en insultos y luchas frontales en las pantallas
digitales, lo cual puede desanimar la participación. Lo notable es que cada
ciudadano tiene el potencial de convertirse en un inquisidor cuando se siente
contrariado con alguna publicación; de tal forma no se necesitarían agentes
sociales institucionalizados para ejercer controles, pues el sujeto digital
fortalecido por un grado variable de anonimato se atreve a ejercitar la mirada
petrificante sobre quien apetezca, ya sea por iniciativa personal o
direccionado por agentes gubernamentales u otros que apuntan a desanimar
corrientes de opinión, para éste cometido los perfiles falsos en las redes
sociales se han convertido en un arma efectiva para conflictuar, amedrentar o
desanimar la participación.
¿Por qué la libertad de expresión
es un principio? Un principio es un punto de orientación para la ejercitación
de una conducta que nos permita interactuar con otras personas a fines de
construir un entorno que aporte a mejorar la calidad de vida social y personal.
Las conductas erráticas de cualquier índole suelen desencadenar eventos
caóticos y desestructurantes, por ello la conceptualización de las ideas que
conforman un principio y su red de valores, son un grado superior de
intelectualización necesaria para que las manifestaciones en libertad aporten
al equilibrio social y al crecimiento personal. El ejercicio del libre
pensamiento no siempre es correlativo a un determinado grado de formación
académica, pues las personas más sencillas pueden incorporar en su estructura
mental y personal una red de principios y valores bajo los cuales administrar
su vida cotidiana y sus relaciones personales.
Un principio fundamental es la
libre expresión, ya que de ella deriva la forma de ser en el mundo, la
identidad de cada persona, la manifestación de su personalidad, los procesos de
toma de decisiones, la defensa de sus derechos y la relación con su entorno.
La libertad de expresión está
articulada con palabras, la construcción más colosal de nuestra especie: el
lenguaje. La apropiación individual del entretejido de la lengua permite crear
infinitas ramificaciones del pensamiento; tantas, que requieren de ser
moduladas por la inteligencia para no perderse en las argumentaciones
delirantes que no arriban a puerto alguno. Dicha administración del pensar debe
asirse de algunos valores que darán forma a los contenidos y metas de los
decires en libertad.
La libre manifestación de ideas
por lo general necesita nutrirse del conocimiento o bien de la experiencia y
sentido común, o de todo ello; éstos elementos son el contenido que permitirá
armar un discurso coherente susceptible de ser comunicado sobre el tema de
interés a debatir. Pero hasta el argumento más elaborado puede derrumbarse si
no se lo somete a un tamiz conformado por algunos valores: la prudencia, el
respeto empático, la responsabilidad y la honestidad.
La prudencia, decantará de la
valoración del momento oportuno para manifestar nuestras reflexiones,
asociación de ideas o conclusiones; es posible que en situaciones de emergencia
haya la tentación de obrar de inmediato, mas recordemos que una acción imprudente
en todos los casos complica aún más cualquier situación. En otras oportunidades
se puede dañar a otros si no se sopesan las consecuencias y se siente como
imperativo comunicar sin evaluar daños posibles. Será importante visualizar que
las verbalizaciones deben aportar de forma constructiva, aunque existan
disidencias en los argumentos, no se trata de oponerse por oponerse o de
cuestionar para simplemente ejercer dominación con el discurso.
El respeto por los otros y a sus
ideas, será siempre un buen inicio para cualquier consenso, la ejercitación del
discurso puede ser de confrontación o de oposición, pero siempre sin perder de
vista que cuando se trata de puntos de vista o de diferentes cosmovisiones,
llevará tiempo acordar espacios comunes y de conciliación. El simple ataque o
menosprecio de las comunicaciones de otras personas no aportan en nada a la
evolución de comunidades más inteligentes socialmente, al contrario, siembran
caos e involución del pensamiento humano.
La libre disertación en libertad
demanda asumir de antemano la responsabilidad por lo que se intenta comunicar,
el compromiso personal habrá de estar cimentado de antemano, ya que de ello
depende la fortaleza de las alocuciones que sostienen un criterio elaborado en
la factoría cognitiva del pensamiento. Pensar y hablar son las acciones del
lenguaje, y sobre nuestras acciones se empodera la responsabilidad; hacerse
cargo de lo dicho es tan importante como hacerse cargo de cualquier otra acción
que tenga un impacto sobre algún destinatario.
En cuanto a la honestidad; es un
valor que requiere ser direccionado hacia el interior de cada libre pensador,
el punto de partida será el sujeto parlante, la crítica y valoración de las
propias ideas y argumentos permitirá conformar un pensamiento honesto y de calidad
antes de ser comunicado. La libertad de expresión implica tesoneros trabajos
intelectuales para poder crear un fruto apetecible y útil para una supuesta audiencia.
En los medios digitales y sus redes sociales existe una tergiversación de ésta
libertad, pues podemos comprobar que la enorme mayoría de los actores pecan de
un facilismo atrevido mediante el cual se expresan de forma cotidiana sobre
cualquier tema o sobre la vida diaria, con un formato de espectáculo, esperando
lograr la mayor audiencia y aprobación con escasos trabajos y desvelos. El
esfuerzo intelectual pareciera estar proscrito en los medios digitales para la
mayoría de las personas (salvo los académicos); la simplificación de la
expresión verbal o escrita está plagada de errores, abreviaciones,
simplificaciones y otros vicios del lenguaje, en total desvalorización de la
palabra, como si ella no hubiera sido resultado de entre dos millones a cuatrocientos
mil años de evolución del género humano; desvirtuando el factor de la lengua en
la construcción social de la realidad que se inicia cuando los humanos
comienzan a consensuar y articular los sonidos que nombrarán los elementos de
su ambiente cotidiano, así como de sus acciones; proceso magistralmente
relatado en el libro de Peter L. Berger y Thomas Luckman; La construcción
social de la realidad.
Para nuestros fines la palabra es
herramienta preciosa y de extraña complejidad; es un desafío para el
pensamiento y la inteligencia, pues en la medida que podamos apropiarnos de las
infinitas ramificaciones del lenguaje, podremos tener un discurso digno de
compartir en los escenarios digitales.
Libertad de Expresión como Competencia Personal:
La habilidad para el ejercicio de
la libertad de expresión, puede concebirse como competencia personal y estaría conformada
por un conjunto de destrezas individuales, a denotarse a través de capacidades
para comunicar el pensamiento de forma efectiva, ya que la liberalidad para
expresarse contiene en sí misma la intención de generar corrientes de
pensamiento que aporten a los procesos de mejoramiento de las relaciones entre los
seres humanos, su entorno sociocultural y su hábitat.
Un primer indicador será la
inteligencia emocional, a su vez compuesta de dos factores: la inteligencia
intrapersonal y la interpersonal. La primera implica ser capaz de regular
adecuadamente el flujo de emociones propias, de tal forma que la expresión
verbal o escrita, si bien necesita poseer un tono emocional que otorgue poder e
intensidad al discurso, debe cuidar de no agredir nunca o conflictuar
acrecentando disidencias, además de hacer un buen uso del lenguaje.
La inteligencia intrapersonal
radica en saber escuchar o leer de forma empática; la interpretación de lo que
el otro dice a su vez permitirá hacer ajustes y encontrar espacios de acuerdo
constructivo. Ambos aspectos visiblemente ausentes en los diálogos – chats, en
los cuales se activa una reacción en cadena de comentarios y “argumentaciones”
subidas de tono, en absoluto útiles o constructivas; en éste contexto se podría
decir que se suele confundir la libertad de expresión con libertinaje. El
debate o la argumentación pierde sentido en el momento que el discurso de
convierte en una contienda entre personas y asuntos personales.
Un segundo indicador se relaciona
con tener un mínimo conocimiento de causas y de saber acumulado, con el fin de
poder armar un discurso coherente que pueda ser decodificado por el
interlocutor; a la vez que debe ser lo más claro posible para que las ideas a
comunicar puedan tener un impacto cognitivo en el escucha o lector; pues de eso
se trata el poder comunicar en libertad; generar corrientes de opinión o
saberes que puedan sostenerse en el tiempo de forma dinámica pero articulada
como para poder hacer ajustes y mejoras sin perder su espíritu y visión de
futuro.
Un tercer indicador será la
inteligencia lingüística, la cual se refleja en el arte de utilizar el lenguaje
para comunicar con propiedad y significado, así como para ejercitar la
instalación de estrategias del pensamiento complejo, mediante el cual pueden
establecerse conexiones y redes de razonamiento entre los diferentes universos
de significado; de las ciencias, de la filosofía, de las artes, de la política,
de los principios éticos, además de todo aquello que es derivado de las
prácticas propias del conocimiento acumulado, a la par que de los usos y
costumbres de las personas y las sociedades. Caso contrario nos enfrentaríamos
a la denominada inteligencia ciega que describe E. Morín, la cual se enfoca
solo en compartimientos aislados de la realidad, dificultando en demasía el
crecimiento del pensamiento consensuado y la evolución del pensamiento
inteligente que pudiera decantar en acciones también inteligentes, que aporten
al bien común por encima del bien estar sectario de cualquier índole. “El
pensamiento simple resuelve los problemas simples sin problemas de pensamiento.
El pensamiento complejo no resuelve, en sí mismo, los problemas, pero
constituye una ayuda para la estrategia que puede resolverlos” (Edgar Morin).
Por tanto, la interacción en las
redes ofrece una invaluable oportunidad a la libertad de expresión; y para los
integrantes de las sociedades se les presenta el desafío de ser sujetos de pensamiento
y acción creativa, de forma tal de aportar constructivamente al bien común.
En todo caso será siempre
preferible un exceso de comunicaciones libres, que un control o restricción
opresiva de las libertades personales. Para los que se ocupan y trabajan en
promover y cuidar que no se conculquen estos derechos, queda la tarea de
orientar y ayudar a que estas facultades puedan expresarse y sean respetadas
como una conquista de la humanidad.